Seguidores

martes, 1 de marzo de 2016

Amélie Nothomb fragmentos

Lee aquí una breve biografía

-Anota 4 o 5 aspectos que te haya llamado la atención
-Cita otras 2 novelas que no aparezcan más abajo


Cuestión 1: breve apunte biográfico



Diario de la golondrina (fragmento   1)

" Nos despertamos en medio de la oscuridad, sin saber nada de lo que sabíamos. ¿Dónde estamos, qué ocurre?
Por un momento, no recordamos nada. Ignoramos si somos niños o adultos, hombres o mujeres, culpables o inocentes. ¿Estas tinieblas son las de la noche o las de un calabozo?
Con más agudeza aún, ya que se trata del único equipaje que tenemos, sabemos lo siguiente: estamos vivos. Nunca lo estuvimos tanto: sólo estamos vivos. ¿En qué consiste la vida en esta fracción de segundo durante la cual tenemos el raro privilegio de carecer de identidad?
En esto: tener miedo.
No obstante, no existe mayor libertad que esta breve amnesia del despertar. Somos el bebé que conoce el lenguaje. Con una palabra podemos expresar este innombrable descubrimiento del propio nacimiento: nos sentimos propulsados hacia el terror de lo vivo.
Durante este lapso de pura angustia, ni siquiera recordamos que al salir de un sueño pueden producirse fenómenos semejantes. Nos levantamos, buscamos la puerta, nos sentimos perdidos, como en un hotel.
Luego, en un destello, los recuerdos se reintegran al cuerpo y nos devuelven lo que nos hace las veces de alma. Nos sentimos tranquilizados y decepcionados: así que somos eso, sólo eso.
Enseguida se recupera la geografía de la propia prisión. Mi cuarto da a un lavabo en el que me empapo de agua helada. ¿Qué intentamos limpiándonos el rostro con una energía y un frío semejantes?
Luego el mecanismo se pone en marcha. Cada uno tiene el suyo, café-cigarrillo, té-tostada o perro-correa, regulamos nuestro propio recorrido para experimentar el menor miedo posible.
En realidad, dedicamos todo nuestro tiempo a luchar contra el terror de lo vivo. Inventamos definiciones para huir de él: me llamo tal, tengo un curro allí, mi trabajo consiste en hacer esto y lo otro.
De un modo subyacente, la angustia prosigue su labor de zapa. No podemos amordazar del todo nuestro discurso. Creemos conocer nuestro nombre, que nuestro trabajo consiste en hacer esto y lo otro pero, al despertar, nada de eso existía. Quizá sea porque no existe. 
"

----------------------
Cuestión2

¿De qué trata este fragmento?

----------------------

Estupor y temblores (fragmento 2)
" Tienes la obligación de tener hijos, a los que tratarás como a dioses hasta los tres años, edad en la que, de repente, los expulsarás del paraíso para alistarlos al servicio militar, que durará desde los tres hasta los dieciocho años y, más tarde, desde los veinticinco años hasta el día de su muerte. Estás obligada atraer al mundo a seres que serán todavía más infelices en la medida en que en los tres primeros años de su vida les habrán inculcado la noción de felicidad. ¿Te parece horrible? No eres la única en opinar así. Tus semejantes piensan del mismo modo desde 1960. y ya ves de qué les ha servido. Muchas de ellas se rebelaron, y quizás tú también te rebeles durante el único periodo libre de tu vida, entre los dieciocho y los veinticinco años. Pero, a los veinticinco años, de repente de darás cuenta de que todavía no te has casado y te sentirás avergonzada. Cambiarás tu ropa excéntrica por un aseado vestido, medias blancas y grotescos zapatos de tacón, someterás tu espléndida y lisa cabellera a un lamentable peinado y te sentirás aliviada si alguien -marido o jefe- manifiesta algún deseo hacia ti. En el caso más que improbable de que te cases por amor, todavía serás más desgraciada, ya que verás sufrir a tu marido. Será mejor que no le ames: eso te permitirá asistir con indiferencia al naufragio de sus ideales, porque tu marido todavía los tendrá. Por ejemplo, le habrán hecho creer que sería amado por una mujer. No obstante, pronto se dará cuenta de que no le amas. ¿Cómo podrías amar a alguien si tienes un molde de yeso en lugar de corazón? Te han inculcado un espíritu demasiado calculador para poder amar. Si amas a alguien, significa que no te han educado bien. Los primeros días de matrimonio, fingirás toda clase de cosas. Hay que admitir que ninguna mujer finge con tanto talento como tú. Tu obligación es sacrificarte por los demás. No obstante, no se te ocurra pensar que tu sacrificio hará felices a aquellos por quienes te sacrificas. Eso sólo les permitirá no avergonzarse de ti. No tienes ninguna posibilidad ni de ser feliz ni de hacer feliz a nadie. Y si, extraordinariamente, tu destino se librara de estas prescripciones, sobre todo no deduzcas que has triunfado: deduce que algo has hecho mal. En realidad, muy pronto caerás en la cuenta de tu error, ya que el espejismo de tu victoria sólo puede ser provisional. Y no disfrutes del momento: deja ese error de cálculo para los occidentales. El momento no vale nada, tu vida no vale nada. Nada que dure menos de diez mil años tiene valor alguno. Si te sirve de consuelo, debes saber que nadie te considera menos inteligente que un hombre. Eres brillante, eso salta a la vista, incluso a la vista de los que tan mal te tratan. Aunque, pensándolo bien, ¿de verdad te sirve de consuelo? "

Cuestión 3
¿De qué habla el fragmento? ¿Quién es ese "tú" narrador ("tienes")? ¿Por qué dice  "Y no disfrutes del momento: deja ese error de cálculo para los occidentales"?


Ni de Eva ni de Adán (fragmento)

" —Mañana te llevo a la montaña —me anunció Rinri por teléfono—. Ponte las botas de excursión.
—No creo que sea una buena idea —dije.
—¿Por qué? ¿No te gusta la montaña?
—Soy una enamorada de la montaña.
—Entonces está decidido —zanjó él, indiferente a mis paradojas. Apenas hubo colgado, sentí que me subía la fiebre: las montañas del mundo entero, y con mayor motivo las de Japón, ejercen sobre mí una alarmante seducción. Sin embargo, sabía que la aventura no estaría exenta de riesgos: superados los mil quinientos metros de altura, me convierto en otra persona. El 11 de agosto, el Mercedes blanco me abrió su puerta.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Yo, que nunca he sido muy dotada para los ideogramas, siempre he podido leer el nombre de los lugares. Este don me resultó de lo más útil a lo largo de mis periplos nipones. Así, tras un largo recorrido por carretera, mis sospechas se confirmaron:
—¡El monte Fuji!
Era mi sueño. La tradición afirma que todo japonés debe subir al monte Fuji por lo menos una vez en su vida, so pena de no merecer tan prestigiosa nacionalidad. Yo, que deseaba ardientemente convertirme en nipona, veía en aquel ascenso una genial astucia identitaria. Y más teniendo en cuenta que la montaña era mi territorio, mi terreno.
Dejamos el coche en un gigantesco aparcamiento instalado sobre la planicie de lava, más allá de la cual ningún vehículo estaba autorizado a circular. La afluencia de coches me impresionó, ya que confirmaba la necesidad de la gente de acceder al título de japonés auténtico. No se trataba de un simple formalismo: se trataba de pasar del nivel del mar a una altura de 3.776 metros en menos de un día, ya que sólo la cima y la base disponen de lugares en los que cobijar a los que allí pernoctan. Sin embargo, en aquel principio de ascenso, entre la abarrotada multitud había ancianos, niños, madres cargando a bebés, incluso me pareció ver a una mujer embarazada con aspecto de ir por el octavo mes. De lo que cabe deducir que la nacionalidad japonesa siempre tiene una connotación heroica.
Miré hacia arriba: conque eso era el monte Fuji. Por fin había encontrado un lugar desde el que no parecía imponente, por la sencilla razón de que no lo veías: su base. De no ser así, ese volcán es una sublime invención que puede verse desde casi todas partes, hasta el punto de que, en ocasiones, lo he confundido con un holograma. Desde Honshu, son innumerables los lugares con una vista soberbia del monte Fuji: sería más fácil contar los lugares desde los cuales no se ve. Si los nacionalistas hubieran querido crear un símbolo federalista, habrían construido el monte Fuji. Imposible contemplarlo sin experimentar el mítico hormigueo de lo sagrado: es demasiado hermoso, demasiado perfecto, demasiado ideal. 
"


Cuestión 4

Resume el texto



tokyo blues Murakami/Beatles


Tokio blues   Acuario con medusas

JORDI COSTA 29 ABR 2011
Cuenta la leyenda, fomentada por el propio John Lennon, que enNorwegian wood se halla, cifrada, la historia de un affaire extramarital del artista. Con su engaño trascendido en belleza perdurable, la canción de los Beatles alentó en el escritor Haruki Murakami la voluntad de capturar una verdad frágil y esquiva: la vulnerabilidad de ese estado de tránsito a la madurez que las sensibilidades extremas viven como limbo melancólico, que desemboca en el ingreso en la responsabilidad adulta, la inmadurez patológica o, en el peor de los casos, el suicidio prematuro.Norwegian wood, quinta novela del autor japonés, traducida al castellano por Lourdes Porta como Tokio blues, es un extraño islote en su carrera: también es la obra que le convirtió en un fenómeno de masas y es fácil comprender por qué.

MÁS INFORMACIÓN

·                                 "La amabilidad de Murakami me animó a ser más creativo"
En su excepcional Bright future(2003), Kiyoshi Kurosawa usaba las medusas como metáfora de la juventud: una belleza delicada, casi fantasmagórica, con una feroz carga eléctrica en su interior. En Tokio blues, Murakami logra encerrar esa medusa en un acuario transparente, dejando que despliegue sus movimientos más sutiles, y desvelando los peligros de esa electricidad latente. Tokio blues renuncia a las características derivas oníricas de Murakami para afirmarse como pariente lejana de esas lecturas iniciáticas por excelencia que son El guardián entre el centeno o las novelas de Herman Hesse.
La sensibilidad que captura Tokio blues posee una modulación inequívocamente japonesa, pero su esencia es universal y ha encontrado en el francés de origen vietnamita Tran Anh Hung un lector perfecto. Su adaptación podía haber caído en la afectación, en la pose -y, en ocasiones, parece que lo haga-, pero la manera en que su cámara acaricia, con el dorso de una mano invisible, la melancolía sentimental de sus personajes, con las tensiones estudiantiles de los sesenta como mero telón de fondo, demuestra que este preciosista, fiel y ambiciosoTokio blues en pantalla grande es tanto una prolongación del genio ejercitado en la incombustible Cyclo (1995) como una de las mejores lecturas posibles de una novela destinada a perdurar.


Norwegian Wood (This Bird Has Flown)
Madera Noruega (Esta chica ha volado)
                     
Una vez tuve a una chica,
¿o debería decir que ella una vez me tuvo?
Me enseñó su habitación,
¿no es bonita?, madera noruega.

Me pidió que me quedará y me dijo que me sentara en cualquier sitio
Así que miré alrededor y me di cuenta de que no había ninguna silla.

Me senté en una alfombra,
esperando mi momento, bebiendo su vino.
Hablamos hasta las dos
y luego dijo "es hora de irse a la cama"

Me dijo que trabajaba por la mañana y comenzó a reirse.
Le dije que yo no, y gatee hasta el cuarto de baño para dormir allí.

Y cuando desperté
estaba solo, la chica había volado.
Así que encendí un fuego,
¿no es bonito?, madera noruega.


McCartney dijo que Lennon de hecho quemó la casa de la muchacha:
“Peter Asher (hermano de su entonces novia Jane Asher) construyó su habitación de madera, y toda la gente estaba adornando su casa con madera. Madera Noruega. Esto era realmente pino, solo pino barato. Pero no era realmente un buen titulo, ya sabes "Pino Barato". Era un titulo paródico realmente, sobre esas chicas que cuando llegas a su departamento esta lleno de madera noruega. Esto era completamente imaginario desde mi punto de vista, pero no del de John. Se trataba de un drama que él tenía. Ella lo hizo dormir en el baño y a mi se me vino la idea de quemar la madera noruega. Ella lo llevó y dijo "más vale que duermas en el baño" y en nuestro mundo, eso significa que el chico tomaría algún tipo de revancha, así que eso significaba quemar el lugar.

Me gusta porque
suena el sitar, esa especie de guitarra, la primera vez que los Beatles lo usan, fruto de su viaje a la India. Es una canción hipnótica y extraña, como un mantra. La letra contradice hasta cierto punto lo que uno espera encontrar: paz y amor; en realidad es una canción sobre la seducción, chicas imposibles y el deseo de venganza





La novela está contada en forma de un largo y detallado flashback, a partir de la perspectiva de un hombre maduro (Toru Watanabe, trasunto en muchos aspectos del propio Murakami) que desde el presente de sus treinta y siete años, acuciado por el recuerdo de la canción de los Beatles que da título al libro, evoca su pasado. Esta mirada retrospectiva, inevitablemente elegíaca, tiñe todo el libro de una peculiar tonalidad emocional, con matices que abarcan desde lo trágico, por la presencia constante del leitmotiv del suicidio y el desequilibrio mental, hasta elementos de la estética posmoderna, como las referencias al mundo del jazz (por entre las páginas de la novela aparecen Bill Evans, Miles Davis, John Coltrane y tantos otros) y al pop de los sesenta, de importancia clave en la configuración de los personajes, especialmente el de Reiko.
Uno de los aspectos que probablemente explican el éxito internacional de esta novela, por otra parte muy japonesa por la finura de los detalles y la sensibilidad literaria del autor, es el medio en que se desarrolla, abrumadoramente urbano (salvo en el episodio que transcurre en el sanatorio rural donde convalece Naoko), en el que los cines, las tiendas, los bares de copas y de jazz, las residencias y comedores universitarios, las calles y paseos, los locales de comidas (estas últimas, tan importantes en la prosa de Murakami, según tengo entendido) adquieren una enorme relevancia. Curiosamente, y es uno de los aspectos de la novela que más me han gustado, este universo urbano tiene una textura poética, a veces casi lírica, muy sugestiva. No sé si se debe a la sutil atención a los detalles, o a la naturalidad y viveza con que Murakami los presenta o a la perspectiva desde la que lo contempla Toru Watanabe, pero el Tokio que pinta el novelista se hace próximo, cercano, sin que ello excluya en varios momentos una sensación muy distinta, la de una urbe gigantesca, anónima, del todo ajena a los sufrimientos y zozobras de los personajes.


Leyendo Tokio Blues no pude resistirme a traer a la imaginación los recuerdos del episodio tokiota de Babel, de Alejandro González Iñárritu, que tiene algo (o mucho) de la peculiar atmósfera murakamiana. Ahora bien, hay una calidez, una emoción y un elegante patetismo en Tokio Blues que yo no sentí en Babel, y que son los que compensan la enorme distancia cultural que media entre las experiencias de los jóvenes japoneses de finales de los años sesenta y las del lector europeo contemporáneo.
TOKIO BLUES (Haruki Murakami)

“Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 747. El gigantesco avión había iniciado el descenso atravesando unos espesos nubarrones y ahora se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Hamburgo. La fría lluvía de noviembre teñía la tierra de gris y hacía que los mecánicos cubiertos con recios impermeables, las banderas que se erguían sobre los bajos edificios del aeropuerto, las vallas que anunciaban los BMW, todo, se asemejara al fondo de una melancólica pintura de la escuela flamenca."¡Vaya! ¡Otra vez
en Alemania”, pensé.
Tras completarse el aterrizaje, se apagaron las señales de "Prohibido fumar" y por los altavoces del techo empezó a sonar una música ambiental. Era una interpretación ramplona de Norwegian Wood de los Beatles. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.”
………………………………….

Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego éstos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Naoko. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Sólo el paisaje, aquella imagen del prado en octubre, vuelve una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, pertinaz, una parte de mi cabeza. «¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?» No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás. Con todo, a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Hamburgo, la sacudida fue más fuerte, más prolongada que de costumbre. «¡Arriba! ¡Comprende!», decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las ponen por escrito.





Tokio, por Juan José Millás


Japón Un país del más allá

Por: Por Juan José Millás/El Mañana - 25 marzo 2012

 
VOTA AQUÍ 
0
 VOTOS

VATIOS DE CONSUMO. En el centro de Tokio. anuncios y escaparates -algunos. auténticas instalaciones artísticas- compiten por captar la atención del público.

Allí donde el deseo viaja en asépticos trenes de alta velocidad en busca de lolitas. y los neones impiden a las estrellas salir. allí donde parece que no queda sitio para nadie, se levanta la capital de un país de otro planeta.

El viaje físico comenzó en el vuelo Madrid - Londres; el mental, de carácter alucinatorio, en el de Londres-Tokio, donde el japonés que iba a mi lado cambiaba cada poco de edad.
Lo miro ahora y tiene treinta años, pero si lo vuelvo a mirar al cabo de quince o veinte minutos tiene sesenta y siete.
Sé lo digo en voz baja a Jordi Sodas, el compañero fotógrafo, que lee El elogio de la sombra en el asiento del pasillo contiguo al mío:
-Mira, este hombre es a veces viejo y a veces joven.

Sodas confirma mi apreciación, pero duda de que sea un hombre.
Me fijo bien y, en efecto, con la edad cambia a veces también de sexo.

Viajamos en ANA (All Nipon Airlines), una compañía de allí donde, en contra de todas las probabilidades estadísticas, nos atiende una azafata gallega, Ingrid, que se alegra mucho de vernos porque tiene un novio irlandés al que enseña castellano obligándole a leer.
Ingrid es una chica afilada.
y dulce que al acabar Económicas, y dado que no se podía financiar un más ter en Madrid, se matriculó en un curso de aviación civil de tres meses, al cabo de los cuales se enteró de que había una vacante de azafata en esta compañía japonesa.
Como es una chica lista, aprobó a la primera, así que la enviaron a Tokio para estudiar las nociones básicas de japonés necesarias a bordo, también para que aprendiera a andar, a agacharse y a levantarse de acuerdo a los rituales de la zona.
Tiene el pelo rizado, pero ha de planchárselo para no parecer demasiado occidental, y se mueve por el mundo con más soltura de la que yo me muevo por mi barrio.
Trabaja cuatro días a la semana y vive en Madrid los tres restantes, de modo que no es fácil imaginarse las relaciones existentes entre su sueño y su vigilia.
En todo caso, está muy agradecida a AH Nipon Airlines, donde cree que encontrará el modo de progresar y sacar partido a sus estudios de Económicas.
Nos cuida mucho (sopa de miso a discreción) durante un viaje que dura casi doce horas, de las que dormimos tres o cuatro gracias a los orfidales que lleva Sodas en su botiquín portátil.

Llegamos a Tokio a las 15.
15 , un desfase horario de nada comparado con el mental, debido en parte al cansancio y en parte a los cambios de edad y de identidad sexual de mi compañero/a de asiento, que por cierto no haido al baño una sola vez en todo el viaje.
En el momento de abandonar el avión ha devenido en una mujer de unos cincuenta años muy alta y atractiva.

Luego resulta que, a la luz del día, Tokio no es Tokio, sino la suma desquiciada de un sinfín de ciudades tipo Dubai, Hong Kong, Barcelona o París (torre Eiffel incluida), por citar solo cuatro, aunque elevadas ala quinta o la sexta potencia cada una.
Las dimensiones son tales, que Nueva York, muy clonada también, parece Cuenca si la comparas con la capital de Japón.
En ese avispero de más de treinta millones de habitantes no verás un papel en el suelo, no digamos una mierda de perro o una monda de naranja.
Uno había estado en ciudades de semejante tamaño (México o Nueva Delhi, por poner dos ejemplos), pero la idea previa de que sus magnitudes las hadan inviables justificaba y hasta mitificaba su realismo sucio, su miseria alargada, su uralita gris, sus suburbios infinitos, su hambre feroz y todo aquello que permite, en fin, un turismo condescendiente y compasivo, cuando no de aventuras.
Tokio es la excepción a la fuerza de la gravedad, a los estatutos de la lógica, a la segunda ley de la termodinámica, es un caso monstruoso de entropía inversa donde hasta los retretes públicos tienden al orden: si entras, por ejemplo, a las ocho de la tarde en los servicios de una estación de metro por la que han pasado ya millones de viajeros, te parecerá una exposición de sanitarios recién inaugurada.
Por cierto, que gran parte de la publicidad de .
los vagones del metro está formada por carteles de papel o cartón que cuelgan del techo, al alcance de la mano, y que no resistirían un simple tirón.
Un tirón que nadie da porque a nadie, increíblemente, se le ocurre, ni eso ni sacár un rotulador y pintar bigotes o gafas a los personajes de esos anuncios tan vulnerables.
Créanme, en Tokio, todo es a estrenar, no hay nada de segunda mano, como si la ciudad entera se inaugurase cada día.
Por funcionar, funcionan hasta los secadores de manos, pensados, por raro que parezca, para secar las manos.


TOKIO ES UNA MAQUINARIA descomunal, productora de un orden mecánico, sin alma, que recuerda el de las piezas transportadas por las cadenas de montaje.
Cada tokiota es una de las piezas del conjunto y se mueve arrastrado por una fuerza que parece ajena a su voluntad.
Hay en el barrio de Shibuya, por ejemplo, un cruce famoso que tiene dos pasos de cebra en forma de cruz, y que siendo el más transitado del mundo resulta el menos caótico.
Cuando uno espera, junto a cientos de personas, que el semáforo cambie y ve las decenas de transeúntes que aguardan también en la acera de enfrente, piensa que el choque entre los dos ejércitos dejará innumerables heridos o muertos sobre la calzada.


Pero la verdad es que cuando el semáforo cambia a verdey las multitudes de uno y otro lado se ponen en marcha, sucede un milagro inexplicable, y es que en el momento de encontrarse, en vez de chocar, los viandantes se entretejen como átomos programados o como los hilos de un telar, formando por unos instantes un tapiz homogéneo en el que alterna el color oscuro de las nucas que van con el color claro de los rostros que vienen.
Observado desde la ventana de uno cualquiera de los edificios gigantescos que dan a ese cruce, el experimento se resuelve en un tapiz fugaz, pues se hace y se deshace a velocidad de vértigo y con una precisión que recuerda más las labores de ganchillo que las de punto.
Se trata de una experiencia urbana memorable que Sodas y yo repetíamos fascinados, de día y de noche, como que el que sube a una atracción de feria irresistible.
Nos colocábamos en primera fila y al abrirse el semáforo comenzábamos a movernos, excitados, en dirección a la masa que venía de frente sabiendo que en el instante del encuentro una mecánica ajena a nuestra voluntad nos guiaría entre los cuerpos obligándonos a colaborar en la construcción, .
primero, y la deconstrucción, después, de ese tejido que se forma y se deshilacha en cuestión de segundos, al modo de una instalación artística perecedera que se repite como un bucle a lo largo del día.
Hay algo vertiginosamente oscuro, morbosamente placentero, en esas fugaces pérdidas de la identidad individual durante láS que tus piernas devienen en piezas prescindibles de un artefacto colectivo superior y en las que tus pulmones se asocian al aparato respiratorio del grupo.
La experiencia del enjambre a ratos, y a ratos, la experiencia de la línea de montaje donde todos los movimientos deben estar sincronizados para que la industria funcione.
y funciona en todos sus niveles, pues Tokio posee una dimensión horizontal electrizante y una dimensión vertical nerviosa.
Horizontalmente se divide en prefecturas o barrios cuya vida se ordena en torno a una estación de metro o de tren que recuerda por su dinamismo el borde de un hormiguero.
Verticalmente, posee varias alturas, pues al subsuelo (con su red de alcantarillado), y al suelo (con sus edificios gigantes),.
hay que añadir los pasos elevados, las carreteras aéreas y las VÍas del metro o del tren que flotan en el aire, a veces por encima de las casas, componiendo imágenes que recuerdan las de Blade Runner, la película de Ridley Scott inspirada en esta urbe.
Sobre las aceras existe también una dimensión rugosa ininterrumpida, dedicada al bastón de los ciegos, que recorre toda la ciudad y por la que resulta más difícil extraviarse que por la de los videntes.
Si te pierdes en Tokio, cierra los ojos y sigue uno de estos carriles, perfectamente distinguibles al tacto de los pies, con la seguridad de que te conducirá a algún sitio.

En cuanto al subsuelo, y dado que las dimensiones escondidas hablan más que las que aparecen a la vista, Socías y yo tuvimos la curiosidad y el arrojo de visitar unas instalaciones subterráneas situadas en la prefectura de Saitama, que es y no es Tokio a la vez, pues se trata de una provincia vecina, aunque sin separación alguna de la capital.
Si significara algo, diríamos que estaba lejos, pero es que en Tokio todo estaba lejos, lo que quiere decir que uno mismo estaba siempre lejos.
Incluso, cuando llegabas a casa o al hotel seguías estando lejos.
Dirán ustedes que cerca y lejos son conceptos relativos (de qué o de dónde), lo que sirve perfectamente para el pensamiento occidental.
En Tokio, lejos es un valor absoluto, porque cerca ni existe.
El caso es que ubimos el metro y nos fuimos lejos, a Saitama, desde donde un taxi nos condujo a una especie de búnker de hormigón situado en medio.
de un paisaje de aspecto prehistórico.
No había dinosaurios, pero sí cientos de libélulas que volaban en formación (jamás habíamos visto nada se mejante) y que, sin dejar de ser bichos antediluvianos, parecían también robots voladores, capaces de grabar cualquier movimiento sucedido alrededor del búnker.

Poco después nos encontrábamos en lo que parecía la sala de mandos de una central nuclear, y que era, en realidad, el centro de control de una cloaca única en el mundo, y no solo por su tamaño.
Aquello era el corazón del llamado Proyecto del Río Edogawa, diseñado para evitar inundaciones en una zona que se encuentra en la ruta de al menos una docena de tifones, una zona muy deprimida e inundable en la que en tiempos hubo arrozales y donde ahora hay viviendas.
La cloaca, que empezó a construirse en 1992 y que ya funciona a pleno rendimiento, está compuesta de cinco vasos gigantes (65 metros de altura por 32 de diámetro) que desembacan en una especie de catedral inmensa y subterránea dotada de 59 columnas como 59 árboles milenarios petrificados.
Dispone, asimismo, de un sistema de turbinas capaces de arrojar 200 toneladas de agua por segundo al río Edogawa, que canaliza y reparte el exceso entre una serie de ríos y afluentes menores.
La red de túneles del conjunto supera los seis kilómetros.

EMPEÑADOS EN VISITAR las entrañas del monstruo, comenzamos a descender por las escaleras del formidable sumidero, y al llegar al fondo, cuando temíamos un ataque de claustrofobia, sentimos, dadas las dimensiones del compléjo, uno de agorafobia.
Parecíamos ratones buscando desesperadamente un agujero en medio de un templo-cloaca feroz, de una sala de columnas cruel, de una construcción gótica sin ventanas.
Si hablábamos, nuestra voz rebotaba de columna en columna, recorriendo como un hurón cada uno de los rincones de la sala monumental y oscura hasta regresar a nosotros, que apenas nos atrevíamos a movernos.
Si se nos escapaba una risa nerviosa, esta se multiplicaba ligeramente deformada, de manera siniestra, como en una sala de espejos contrahechos.
En las paredes de hormigón se abrían bocas del tamaño de los ojos impares de los cíclopes por donde escapaban, a modo de lágrimas legañosas, fugas de agua cuyo sonido constituía la música ambiente del recinto.
Parecía imposible que un templo subterráneo de aquellas características no hubiera sido erigido, bajo la coartada de evitar inundaciones, para una divinidad inversa, un monstruo mitológico, un súcubo descomunal al que nuestros pasos podrían despertar.
Porque o despertaba el monstruo o despertábamos nosotros, ya que aquello solo podía ser una pesadilla.
De hecho, y debido al calor húmedo del recinto, nos había atacado ya ese sudor disolutivo con el que empapamos las sábanas en las noches de terror.

Pero ni se despertaba el monstruo ni nos despertábamos nosotros, atrapados como nos encontrábamos aún en el viajemental, decarácter alucinatorio, iniciado en el trayecto Londres-Tokio.
La alucinación nos conducía ahora, escaleras arriba, al paisaje prehistórico, repleto de libélulas-robot, que habíamos abandonado en una vida anterior.
Una vez fuera, por decir algo, pues en Tokio siempre estás dentro de algo, y al hacer un comentario amable acerca de la arquitectura diabólica de la que acabamos de escapar, el guía japonés nos corrigió: "Aquí no hay ninguna idea de arquitectura, solo ingeniería, solo se tuvieron en cuenta requerimientos.
técnicos".
Lo que nos sonó igual que si un crítico literario hubiera dicho que en Anna Karenina no había escritura creativa, solo requerimientos técnicos.
A continuación, y sin asomo de ironía, nos preguntó por la canalización del río Manzanares, de la que tenía él más información que nosotros.

Pero nuestro sufrimiento no había acabado, pues enseguida nos invitaron a entrar en uno de los tanques que recogían las aguas del tifón para volcarlas luego sobre las naves del templo-cloaca que acabábamos de abandonar.
Ya hemos mencionado antes sus dimensiones (65 metros de altura por 30 de diámetro).
Se trataba de un vaso de hormigón del tamaño de un edificio de 15 o 20 pisos, cuyo borde interior estaba recorrido por un voladizo de metal dotado de una ligera barandilla y sujeto a la pared del vaso por un conjunto de escuadras que no parecían suficientemente sólidas.


Asomarse al fondo del tanque desde esa galería era como asomarse al infierno.
El agua de los tifones caía en estos vasos como un conejo en una trampa, y desde allí era canalizada hasta la sala de columnas a través de las cuencas vacías de los ojos de los cíclopes.
Luego, discurría por una red de túneles donde unas turbinas potentísimas se encargaban de arrojarla al río.
Las turbinas, que también visitamos, pues habíamos decidido apurar la experiencia hasta las heces, eran en realidad cuatro motores de avión, los que, sumados, daban lugar a la potencia de despegue de dos Boeing 737.
Imaginen la vibración y el ruido que pueden organizar cuatro motores de ese tamaño atrapados en un bloque de hormigón y funcionando a pleno rendimiento.

ES LO MISMO ESTAR DENTRO de una cloaca gigantesca que llevar dentro una cloaca gigantesca.
Ahora, mientras regresábamos al centro de Tokio, estábamos fuera, pero la llevábamos dentro, incrustada en la conciencia a la manera en que las turbinas permanecían presas dentro del hormigón del colector infernal.
El metro de regreso, medio vacío debido a la hora, tiene completamente abiertas las puertas que comunican un vagón con otro, convirtiéndose así el tren entero en una especie de larguísimo intestino flexible y sinuoso que en las curvas provoca suaves movimientos peristálticos y antiperistálticos con los que vamos siendo digeridos a medida que llegamos a nuestro destino.
Al otro lado de los cristales discurre sin solución de continuidad un Japón de clase media que vamos horadando, unas veces a la altura de sus azoteas, otras a la de las ventanas del tercer o cuarto piso, lo que nos permite contemplar fugaces escenas domésticas que se suceden como un conjunto de fotogramas que forman parte de la misma película.
Somos las bacterias de un gusano de acero enorme que se dirige al corazón de ciudad, que es también el corazón de la manzana de Eva.
Nada de poesía, pura ingeniería, solo requerimientos técnicos.
Durante el viaje, la megafonía no cesa de impartir instrucciones o consejos que, aun sin entenderlos, calan eficazmente en lo que nuestra cabeza tiene de mero disco duro, instándonos a un modo de obediencia a las normas ajeno a nuestros hábitos.

Ya hemos aprendido, por ejemplo, a salir del metro, y a entrar en él, lo que requiere ciertas nociones de formación militar.
Encontrar tu sitio en una fila no es como encontrar tu sitio en el mundo, pero casi.
Cierto grado de descolocación, sobre todo si obedece a alguna pauta, se tolera, pero hay límites que no debes traspasar.
Tranquilo, estés donde estés, siempre habrá una voz impartiendo instrucciones, señalándote lo que tienes que hacer o la dirección que debes tomar.
A medida que el tren avanza hacia la noche, pues el viaje es largo, los vagones se van llenando de japoneses que están lejos de su casa, lejos de ti (aunque los tengas pegados), pero sobre todo, y a juzgar por sus expresiones ausentes, lejos de sí mismos.

Ya decíamos que el Tokio de verdad, al menos el Tokio que uno lleva en la cabeza, es el que se manifiesta por la noche, sobre todo en los barrios del centro, donde a estas horas la ciudad hierve como una cazuela de luciérnagas.
Parece un amanecer eléctrico, todo'él a base de neón y de pantallas gigantes de televisión que cuelgan de los rascacielos y que emiten pura psicodelia a velocidad de dibujo animado.
Tú mismo, si logras evitar el ataque de epilepsia propio de este tipo de estímulos eléctricos, te conviertes en un dibujo animado que recorre con asombro las calles que durante el día parecían calles y que ahora han devenido en meros callejones oscuros del alma a los que los parpadeos del neón fulminan espiritualmente como fuegos artificiales procedentes de otro mundo.
Y aunque tampoco en esta versión nocturna de la ciudad (en esta versión Hyde, podríamos decir) se puede escupir ni arrojar papeles al suelo, hayal alcance de la mano transgresiones que compensan de largo no poder hacerlo.

Pongamos que caes en el barrio de Shinjuku, donde se encuentra la estación de trenes más utilizada del mundo (unos tres millones de pasajeros diarios) y que constituye una mezcla rara de comercio furioso y administración reposada.
Aquí está, por ejemplo, el hotel Park Hyatt Tokio, que aparece en Lost in Translation, la película de Sofia Coppola.
Si eliges para pasear el lado este del barrio, experimentarás emociones morales que en ningún otro barrio chino del mundo vivirías.
Aquí, todo tiene carácter industrial también, nada de literatura o amor, solo ingeniería, requerimientos técnicos.
Este barrio es el escenario de innumerables historias de animación y manga, tantas, que ocupa más espacio en la ficción que en la realidad, por eso mismo, tú tampoco eres real cuando caminas, confuso, por el centro de una cualquiera de·sus calles, pasmado ante la cantidad de establecimientos cuyas puertas parecen labios pintados que se abren y cierran pronunciando tu nombre, invitándote a entrar.
De vez encuando, roza tu cuerpo el cuerpo de una prostituta arregladísima que, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, corre sobre sus zapatos de tacón de aguja hacia un agujero de bordes fluorescentes por el que se pierde invitándote a seguirla.
Algunas de estas chicas van vestidas incluso como Alicia, pues hay en Tokio una extraña pasión por la prostituta niña, una pulsión desasosegante hacia la pederastia de ficción, de la que hallaremos abundantes muestras a lo largo de este viaje mental, de carácter alucinatorio.

DE SÚBITO, EN MEDIO DE ESA NOCHE oscura del alma, pasas junto a un establecimiento de donde procede un ruido estremecedor, como si en la gran cloaca que llevas dentro de la cabeza desde la visita al proyecto del río Edogawa estuviera entrando a gran presión una tromba de agua.
y si te asomas al interior del establecimiento, descubres a cientos de japoneses de todas las edades sentados frente a unos raros artefactos recreativos en los que introducen compulsivamente bolitas de acero que en el interior del artefacto giran a gran velocidad antes ser enviadas, unas, hacia el interior de la máquina, y otras, hacia el exterior.
Se trata del Pachingo, uno de los juegos más populares de Japón.
Las bolitas obtenidas se pueden canjear por premios de distinta naturaleza, aunque también por dinero.
El caso es que si permaneces dos minutos de pie en el interior de una de estas salas, dejándote penetrar pasivamente por el estruendo de los rodamientos, llega un instante en el que no solo escuchas el ruido el acero, sino que lo respiras y lo exhalas trece veces por minuto, como si el nitrógeno, el oxígeno, el argón y demás componentes de la atmósfera hubieran sido sustituidos por este estruendo que acaba introduciéndose también en tu torrente sanguíneo para ser distribuido a través de él por toda tu geografía corporal.



No hay cálculos sobre las toneladas de bolitas de acero o semen que Shinjuku produce cada noche, ni información sobre el modo en que son canalizadas y hacia dónde.
Al sexo le viene bien un poco de misterio, de desinformación, de oscuridad, incluso, por eso, la mayoría de los restaurantes que alternan en estas calles con los burdeles y las salas de espectáculos resultan un poco lóbregos también.
Si has leído El elogio de la sombra, de Tanizaki, libro que muchos consideran de lectura imprescindible antes de visitar Japón, llevas en la cabeza todos los matices del claroscuro Y conoces, por tanto, el grado de luminosidad atenuada con el que conviene acercarse a los labios una taza de sopa de miso.

Entretanto, se ha ido haciendo tarde y llevas sobre tus espaldas un cambio horario importante, además de un desfase mental de categoría y muchas horas de tren, de metro, de zapatos que empiezan a quejarse de la jornada laboral a la que los has sometido.
Si tienes, como nosotros, la suerte de vivir en Shibuya, que se encuentra al sur de Shinjuku, llegas en un santiamén, pero cuando llegas te repugna la idea de meterte en el hotel porque no es fácil salir del tripi en el que andas metido.
Todavía te apetece repetir la experiencia del famoso cruce y callejear con el rostro alucinado, pues Shibuya, de noche al menos, es el barrio más tokiota de Tokio, y el más joven.
El que marca tendencia, por tanto.
La actividad comercial es tal, que, si te dejas llevar, todavía puedes deambular un par de horas entrando y saliendo de sus establecimientos' sean grandes almacenes, bares, clubes o restaurantes.

Finalmente, si creías que dormir en una habitación del piso décimo de un hotel y ver pasar el metro a la altura de tu ventana era una cosa de película, Tokio es una película, porque sucede eso 'y mucho más, así que mientras te cepillas los dientes para darle su tiempo al orfidal descorre la cortina de la ventana y espera: tarde o temprano escucharás un traqueteo y enseguida pasará por delante de tus ojos un tren con sus vagones encendidos en cuyo interior la gente cabecea.
Sobre la cama, planchado, hallarás siempre una especie de camisón que no debes ponerte.
Pero, si te lo pones, no deberías ceder a la tentación de mirarte en el espejo, porque son camisones como de manicomio, o sea, camisones de loco que acentúan la sensación de viaje alucinante.
En algunos hoteles, como cortesía de la dirección, colocan sobre estos pijamas un muñequito de papel que recuerda a los unicornios del cazador de replicantes de Blade Runner.
Sobra decir que esa noche nos tomamos doble ración de orfidaly que nos metimos en la cama aterrados y felices, todo a la vez, aun sin necesidad de habernos puesto el camisón de loco.

EN TOKIO TIENES QUE MADRUGAR porque ya hemos dicho que las distancias son las que son y se te hace de noche todo el rato.
Pongamos que te levantas a las seis de la mañana.
Pensarás que hay tiempo para todo.
Pues no, depende, por ejemplo, del que gastes jugando, antes de meterte en la ducha, con la tapadera de la taza del retrete, que está completamente robotizada.
Algunas se abren al verte entrar en el cuarto de baño y se cierran cuando te marchas, como el que hace una reverencia.
Poseen estas tapas'para e trasero tanto cerebro, que sin darte cuenta les das los buenos días y las buenas noches, además de las gracias por tener siempre la temperatura ideal para tus muslos.
Sin nece'sidad de leer ningún libro de instrucciones, solo fijándote en sus mandos, situados a la derecha del sedente, y aplicando el sentido común, puedes obtener de estas tapaderas prestaciones, de carácter escatológico, que no detallaremos aquí.
Solo Se trataba de advertir que el tiempo, si no pierdes detalle de cuanto te rodea, se escurre entre los dedos como el agua por el sumidero.

Pongamos que caes en el barrio de Shinjuku, donde se encuentra la estación de trenes más utilizada del mundo (unos tres millones de pasajeros diarios) y que constituye una mezcla rara de comercio furioso y administración reposada.
Aquí está, por ejemplo, el hotel Park Hyatt Tokio, que aparece en Lost in Translation, la película de Sofia Coppola.
Si eliges para pasear el lado este del barrio, experimentarás emociones morales que en ningún otro barrio chino del mundo vivirías.
Aquí, todo tiene carácter industrial también, nada de literatura o amor, solo ingeniería, requerimientos técnicos.
Este barrio es el escenario de innumerables historias de animación y manga, tantas, que ocupa más espacio en la ficción que en la realidad, por eso mismo, tú tampoco eres real cuando caminas, confuso, por el centro de una cualquiera de·sus calles, pasmado ante la cantidad de establecimientos cuyas puertas parecen labios pintados que se abren y cierran pronunciando tu nombre, invitándote a entrar.
De vez encuando, roza tu cuerpo el cuerpo de una prostituta arregladísima que, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, corre sobre sus zapatos de tacón de aguja hacia un agujero de bordes fluorescentes por el que se pierde invitándote a seguirla.
Algunas de estas chicas van vestidas incluso como Alicia, pues hay en Tokio una extraña pasión por la prostituta niña, una pulsión desasosegante hacia la pederastia de ficción, de la que hallaremos abundantes muestras a lo largo de este viaje mental, de carácter alucinatorio.



Entretanto, se ha ido haciendo tarde y llevas sobre tus espaldas un cambio horario importante, además de un desfase mental de categoría y muchas horas de tren, de metro, de zapatos que empiezan a quejarse de la jornada laboral a la que los has sometido.
Si tienes, como nosotros, la suerte de vivir en Shibuya, que se encuentra al sur de Shinjuku, llegas en un santiamén, pero cuando llegas te repugna la idea de meterte en el hotel porque no es fácil salir del tripi en el que andas metido.
Todavía te apetece repetir la experiencia del famoso cruce y callejear con el rostro alucinado, pues Shibuya, de noche al menos, es el barrio más tokiota de Tokio, y el más joven.
El que marca tendencia, por tanto.
La actividad comercial es tal, que, si te .
dejas llevar, todavía puedes deambular un par de horas entrando y saliendo de sus establecimientos' sean grandes almacenes, bares, clubes o restaurantes.

Entre unas cosas y otras, se ha hecho de día y tú mismo te miras en el espejo y eres de nuevo el respetable señor J ekyll.
Estás recién duchado y recién peinado y te haspuesto ropa limpia, tu madre estaría orgullosa de ti si te viera por el ojo de una cerradura.
Así que bajas, pletórico, a desayunar, y si el restaurante es muy japonés, como el nuestro, solo te ofrecen desayunos japoneses que, al ser analfabeto en ese idioma, has de elegir de entre una carta donde aparecen fotografiados, Eliges este, que resulta ser un tazón de arroz blanco caldoso con un huevo escalfado por encima.
Esoyun té verde, que en Japón es verde de verdad, y con el estómago reconfortado sales a la calle y te dices: Vamos a ir, por ejemplo, a Omotesando, por la cosa de la arquitectura de vanguardia, pues es sabido que ni siquiera desde la cultura se presta demasiada atención a este mundo.
Tu madre estaría muy orgullosa también de que dedicaras la mañana a esta actividad tan poco peligrosa en apariencia para el alma.

Omotesando es el escaparate arquitectónico más importante del mundo.
Vale la pena ir solo por ver el edificio de Prada, diseñado por los suizos Herzog y de Meuron, y formado por facetas de vidrio que le dan un aspecto de joya gigantesca tallada a mano.
No es necesario que averigües enseguida si te gusta o no, incluso no es necesario que lo averigües nunca.
Si quieres disfrutar, procura olvidarte de estas categorías pequeño-burguesas relacionadas con el gustar y el no gustar.
El edificio de Prada, por decirlo rápido, es la hostia, tanto de día, que parece una alhaja, como de noche, que parece una lámpara descomunal, aunque por la noche posee ese toque Hyde que se coloca también en la mirada del espectador, en la tuya, y que consigue que entre el edificio y tú se establezca una comunicación misteriosa, como si durante unos segundos fuerais novios o algo semejante.

Ser novio de un edificio da mucho miedo, porque tiene que haber mucha locura en el edificio o en ti, cuando no en los dos, para que eso suceda.
Pues bien, en Omotesando te enamoras de un edificio detrás de otro, y ellos se enamoran de ti, lo notas, sabes que es así, aunque no puedas demostrarlo, lo que te coloca directamente en el interior de una novela de Stephen King, o de varias, porque lo lógico es que salgas de uno y que entres en otro como en una orgía de enamoramientos sucesivos.
Están construidos por los mejores arquitectos del mundo, incluido nuestro Bofill, responsable del de Gucci, y en ellos se refugian las mej ores marcas de moda, y las más caras: Cartier, Prada, Yamamoto .
.
.
Arquitectura y lujo, pues, todo junto y en unos grados que le hacen a uno recordar aquel verso de Rilke según el cual la belleza no es más que ese grado de lo terrible que todavía soportamos, La zona, de día al menos, es más parisina que tokiota (una de sus calles es conocida como Les Champs Elisées), lo que enloquece lo suyo también, pues no se puede viajar tantas horas para llegar a la vuelta de la esquina.


HEMOS LLEGADO A UN MUNDO, en fin, en el que las pastelerías parecen joyerías, y las peluquerías, galerías de arte.
Yen el que las iglesias católicas de mentira parecen iglesias católicas de verdad.
Decirnos esto porque en nuestro paseo alucinante por aquella pequeña Europa nos salió de repente al paso una iglesia de intenciones góticas cuya presencia resultaba chocante hasta que nos explicaron que se trataba, en efecto, de una falsa iglesia católica donde se efectuaban falsas bodas católicas cuyo objetivo era fotografiarse luego en las escalinatas, al estilo de las parejas europeas que vemos en las revistas de papel satinado.
Les gustan formalmente nuestras bodas, aunque no crean en su sustancia, pero cuando a un japonés le gusta formalmente algo, lo copia, mejorándolo, y se lo queda.
En la medida en que contenido y forma sean asuntos separables, ellos Viven tan presos de las formas como nosotros de los contenidos.
Son todos expertos en diseño porque aprender su escritura equivale a hacer una carrera universitaria de arte.
Mientras los artistas occidentales, incluidos los modistos, se' mueren por entrar en los museos, los artistas japoneses sacan el museo a la calle, que es en sí misma una galería de arte.
Hay museos, claro, pero están unos dentro de otros, como las cajas chinas.


Y bien, lo que llamaba la atención de nuevo en este barrio, Omotesando, era que todo estuviese a estrenar.
¿Nos encontrábamos acaso en una ciudad que no envejecía? Envejecía, claro, como todas las ciudades del mundo, pero se renovaba continuamente.

Ese templo budista, por ejemplo, de no sabemos cuántos siglos de antigüedad, no está intacto porque se conserve bien, sino porque se ha derribado varias veces y sobre sus cimientos se ha construido otro idéntico.
Nos lo explicó Toyo Ita, un conocido arquitecto:
-Ustedes -dijo- vienen de la piedra, y nosotros, de la madera.
Además, levantamos nuestros edificios sobre terrenos sísmicos.
Nosotros, arquitectónicamente hablando, pertenecemos a una cultura de lo efímero.

-Pero el terremoto del 11 de marzo -le decimos- ha demostrado que la tecnología antisísmica funciona.
En Tokio, donde la tierra se movió lo suyo, no hay un edificio con una sola fisura.

-Sí, el 11- M fue un test para la tecnología antisísmica, pero no creo que eso haya cambiado la idea de los japoneses respecto a la arquitectura.
Para nosotros, los edificios son obras efímeras que cada 10 años se cambian, aunque el terreno sobre el que están hechos losedificios sea hereditario y no cambie de propiedad.
Tenemos asumido como algo natural el cambio de imagen de la ciudad, que conlleva la renovación periódica de los edificios.

-¿Aunque pudieran durar siglos?
-En Tokio ha habido muchos edificios provistos de tecnología antisísmica que fueron derribados para dar paso a otros nuevos.
La renovación no tiene que ver con la resistencia antisísmica, sino con razones, por ejemplo, de orden económico.
Los japoneses no comparten la idea de que los edificios se deban restaurar para seguir utilizándolos.

-Cuesta creer que el hermoso edificio diseñado por usted en Omotesando (nos referimos al de Tod' s) vaya a ser demolido en 10 o 15 años.

- El edificio de Prada, que está muy cerca, tiene una gran reputación desde el punto de vista arquitectónico, pero al año de ser construido cambió de dueño y no se sabe qué va a suceder.


LA IDEA DE QUE AQUEL EDIFICIO tan desequilibrado psíquicamente y del que nos habíamos enamorado pudiera ser demolido, víctima de esa pasión por lo efímero, nos convenció de que Tokio, al menos de momento, era demasiado Tokio para los que veníamos de la cultura de la piedra, de modo que, ya que había salido a relucir el asunto del terremoto, decidimos hacer las maletas y poner rumbo a Fukushima, donde la central nuclear ardía casi un año después de aquel funesto 11 de marzo y más de 60 años después de Hiroshima y Nagasaki.

AHÍ NOS TIENEN, EN EL COCHE recién alquilado, donde, además de Jordi Socías y un servidor de ustedes, va Gonzalo Robledo, un colombiano que lleva 30 años en Japón y que, aparte de conocer el idioma, sabe conducir por la izquierda.
Gonzalo es esa clase de guía que se queda fuera cuando un grupo de locos se toma un ácido.
Nosotros no nos habíamos tomado ningún ácido, apenas el orfidal de cada noche, para coger el sueño, pero el "viaje continuaba siendo más mental (y siempre de carácter alucinatorio) que físico.
El coche era un Toyota o un Honda, ahora no caigo, en cuyo salpicadero habíamos colocado, como todo el mundo (nadie se fiaba ya de los datos del Gobierno), un contador Geiger, para medir la radiactividad a la que nos expondríamos una vez alcanzada la zona del desastre, que se encontraba a unos 300 kilómetros.
Cogimos mucha lluvia porque nuestro trayecto, para que al tripi no le faltara de nada, coincidió con el de un tifón, quizá el de los jueves, o el de los sábados, no recordamos ahora qué día de la semana era.

En medio de aquel desorden mental y físico, con las ráfagas de lluvia golpeando furiosamente el techo del automóvil y la pantalla del Geiger parpadeando como el reloj de un microondas trastornado, repasamos nuestras notas y resultó que había en Japón 54 centrales nucleares, de las que en aquellos momentos solo funcionaban 12, sin que se advirtiera por parte alguna síntomas de restricciones eléctricas (el Tokio nocturno era una llama de neón).
¿Por qué tantas, entonces, aparte del negocio gigantesco que representan su instalación y mantenimiento?
La radiactividad, como la tensión alta, es un asesino silencioso.
No duele cuando la respiras, ni cuando entra en el torrente sanguíneo a través de las verduras o el pescado.
Tú vas tranquilamente (es un decir) en el coche, y cuando oyes que el contador Geiger se pone a pitar no sientes nada aparte de un temor mitológico que te lleva a respirar más despacio, como si de ese modo tragaras menos veneno.
En el caso de Fukushima, aparte de los efectos que la radiación tenga en el futuro sobre la salud física, ha provocado ya efectos nocivos sobre la salud mental, pues ha abierto fisuras entre la población y sus políticos, de quienes se piensa que mintieron.
El arquitecto Toyo Ita, en la conversación antes citada, señaló:

-Creo que los políticos japoneses son una vergüenza grande, y en esta, que es la mayor crisis de los últimos años, los partidos y los políticos solo se preocupan de pelear por sus intereses.
Por eso mucha gente está decepcionada.
No se sabe hasta qué punto el gobierno ha ocultado información o ha dicho lo correcto.
En el caso de fukushima, por ejemplo, no sabemos si estamos ante una situación de alta peligrosidad o no.
No hayun criterio sobre el que basarse para tomar una decisión correcta.

-¿Cree que podría haber entrado la radiactividad en la cadena alimentaria?
-Es posible, pero no sé hasta qué punto.

Hasta ahora, el gobierno ha difundido mucha información falsa y hemos llegado al punto en el que no sabemos qué creer.
Cuando vaya thoku llevo mi contador geiger para medir la radiactividad.

- ¿Es partidario de la energía nuclear?
-Creo que se debería abolir cuanto antes.

La desconfianza de ita era general.
Mucha gente evitaba ya comprar alimentos procedentes del norte de la isla.

A mitad del camino (ydel tifón) hicimos un alto en un bar de carretera con aspecto de guardería.
Las mesas y las sillas, más bien ·bajas para nuestras costumbres, estaban pintadas en tonos pasteles, y los saleros y las vinagreras parecían de juguete.
Había también muchos muñequitos por aquí y por allí (los japoneses son los inventores de helio kitty, que, más que una muñeca, es la muñequez misma).
La luz, abundante y alegre, resaltaba los colores llamativos de los dulces y pasteles puestos a la venta, que parecían también versiones platónicas del objeto pastel.
Otra vez la alucinación, pensamos con inquietud, hasta que nos explicaron que se trataba de un tipo de bar de carretera muy frecuente en japón.

En un ambiente como el descrito, yatendidos por un personal de una amabilidad extrema, dotado de unas excelentes articulaciones lumbares, resultaba casi imposible no volverse un poco niño, de modo que nos pusimos a curiosear con espíritu infantil cada uno de los rincones del establecimiento hasta que tropezamos con una estantería repleta de cómic s manga, de la que sacamos uno al azar para hojearlo allí mismo, de pie, cándidamente.
Pero cuando nos hallábamos en pleno goce de aquella atmósfera inofensiva y
Protectora, nos arrancó de ella, con la violencia de un puñetazo en el estómago, una viñeta del cómic en la que se violaba con toda naturalidad a una niña de 13 o 14 años, con las manos atadas a la espalda, una niña que lloraba y gemía, no quedando claro si de dolor o de placer.
Con el corazón en la garganta, abandonamos el cómic cuidadosamente en el sitio de donde lo acabábamos de sacar, nos limpiamos instintivamente los dedos en los pantalones y regresamos a nuestra mesa de colorines para observar a vista de pájaro aquel entorno de guardería, comprobando que se trataba de un establecimiento familiar, pues había padres y madres merendando inocentemente con sus niños, algunos de ellos muy cerca de la estantería de los tebeos manga.
El té verde era gratis.

De vuelta al coche, y mientras avanzábamos en medio del tifón y de nuestro desorden mental, gonzalo robledo hizo un comentario sobre la furia de la naturaleza al que el compañero fotógrafo, jordi so cías, respondió con una frase curiosa:
-Yo siempre he estado en contra de la naturaleza y nunca me he subido a.
Una montaña.

En ese mismo instante, el contador geiger empezó a emitir una especie de gruñido continuo, acompañado del parpadeo agobiante de unas luces rojas.
Acabábamos de entrar en una zona de radiactividad baja (0,11 según el monitor) que iría aumentando a medida que nos acercáramos a la poblaoión de fukushima.
Como la radiactividad subía y bajaba en función de la zona que atravesábamos y quizá de la dirección del viento, decidimos eliminar del aparato la función del pitido, que era muy alarmante, y llegamos al hotel tarde y agotados, retirándonos enseguida a nuestras habitaciones.

Esa noche, para colocarme a la altura de las circunstancias, me puse el camisón de loco, cortesía de la dirección, sobre el que había una papiroflexia de blade runner, de modo que me acosté un poco replicante y un poco asustado, pues no había logrado comprender el plano con las rutas de evacuación del hotel para el caso de que hubiera un terremoto durante la noche.
Pusimos los despertadores a las cinco de la mañana, pero servidor de ustedes abrió los ojos espontáneamente a las 4.
50, Después de haber soñado profusamente con puertas de emergencia detrás de las cuales siempre había otra puerta de emergencia.

Al abandonar el hotel, el geiger marcaba ya 0,63 de radiactividad (microcyberpor hora, la unidad de medida estándar, nos dijeron).
Los efectos de la radiactividad son acumulativos, por lo que los niños de las escuelas con los que nos cruzábamos llevaban colgado del cuello, al modo de un escapulario, un dosímetro individual dotado de una memoria que registraba el historial radiactivo del crío.

Abandonado el centro urbano de la ciudad de fukushima, pusimos rumbo a minamisoma (siempre dentro de la prefectura de fukushima), que se encontraba a 25 kilómetros de la central nuclear, casi en la frontera de la llamada zona de exclusión.
Bastó recorrer 200 metros en esa dirección para que el contador subiera a 0,70.

Minamisoma, centro de la provincia, resultó ser umi ciudad de casas bajas que, según nos explicaron, venía viviendo hasta el desastre nuclear de.
La agricultura y de la manufactura (componentes de motor, alta tecnología, energía solar .
.
.
).
La noche había sido lluviosa, por el tifón, y aún chispeaba.
Gonzalo robledo conducía despacio por sus calles para que viéramos el panorama y socías d~cidiera si había algo fotografiable, pero lo cierto es que la gente parecía llevar una vida normal.
Había grupos de estudiantes detenidos disciplinadamente frente a los semáforos en rojo o junto a las paradas de los autobuses.
Dentro del coche, el contador geiger emitía un gruñido como de mal humor.

Nos dijeron que había aquí una discusión permanente acerca de las cantidades de radiactividad que podía soportar un ser humano' de forma prolongada sin sufrir daños a medio o largo plazo.
Más de 0,7, según algunos, ya era peligrosa, pero no se sabría con seguridad hasta dentro de algunos años.
Por si acaso, la agricultura de la zona sufría continuas revisiones, a fin de vigilar si sus niveles de cesio (la partícula radiactiva que penetra en la cadena alimentaria) eran los adecuados.
La alarma había surgido por el estudio de unas muestras de carne de vacuno.
En todo caso, no había una posición definida.
Unos decían galgos y otros podencos, mientras el enemigo invisible avanzaba .
.

En un momento dado, ya en las afueras de la ciudad, el geiger empezó a marcar 0,84.
Allí nos cruzamos con un colegio entero de niños provistos de mascarillas.
Luego, tras atravesar un río que despedía vapores de niebla, dejamos atrás la ciudad, y la carretera empezó a discurrir por un hermoso valle, de un verde muy estimulante, que recordaba los paisajes del norte de españa.
Un edén sometido a una radiactividad que en aquellos instantes era ya de 1,81.
Daba pena pensar que la gente tuviera que mirarse aquí todos los días la radiactividad acumulada como el que se mira una herida abierta, pero no quedaba otro remedio porque el suelo y la vegetación absorben mucha radiación.
Toda aquella hierba de aspecto tan saludable ya no se podía consumir, y los animales que la habían probado estaban bajo sospecha.