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martes, 3 de marzo de 2015

Nueva Novela Negra: Dennis Lehane






A  VUELTAS CON LA NOVELA NEGRA: Dennis Lehane
Dennis Lehane es un escritor estadounidense nacido el 4 de agosto de 1965 en Dorchester, Boston, Massachusetts. Posiblemente (junto con John Connolly) Tres de sus novelas han sido llevadas al cine: Mystic River (intitulada Río místico en algunos países), Gone Baby Gone y Shutter Island, y varias han merecido premios, entre ellas Un trago antes de la guerra y el bestseller Mystic River. Los espacios de su ciudad han servido de inspiración para los ambientes populares urbanos de sus novelas. De ascendencia irlandesa, sus historias retratan la vida de grupos inmigrantes o marginados en Boston, a la vez que constituyen un retrato de la cultura irlandesa.

Lehane es un narrador prolífico, que cultiva el género 'más negro' de la literatura criminal imbuido por su pertenencia a Boston, donde sus habitantes son 'los más raros de todo el mundo' y por una realidad social injusta que le 'come las entrañas'.
Para este norteamericano de raíces irlandesas, todos los conflictos parten de un mismo problema, 'la lucha entre los que tienen y los que no tienen', aunque su desarrollo y posibles soluciones tienen siempre muchos matices complejos.
'No escribo contra un gobierno o una política partidista determinada, sino en contra de la represión que ahoga la libertad y también para huir de la excesiva simplificación que se hace de los problemas', ha asegurado.

El estilo directo de Lehane, como un golpe de puño en la mitad del rostro, es como una marca de la casa que ha quedado estampada en 'Mystic river', 'Shutter island', 'Gone baby gone' -que también se hizo película de la mano de Casey Affleck y Morgan Freeman-, 'Un trago antes de la guerra', 'Cualquier otro día' y 'Lo que es sagrado'.
En 'La última causa perdida' el narrador recupera de 'Desapareció en una noche' los personajes, los lugares, los ambientes y también la narrativa, la intriga asfixiante.
Lehane ha conseguido hacer lo que pocos escritores han podido, contar una historia dramática desde el punto de vista de la víctima, y volverla a contar sin que el personaje perdiera credibilidad.
La niña que desapareció en una noche es ahora una adolescente que intenta recuperar su vida, aunque los miedos y los fantasmas de su pasado le tienden algunas trampas.
El escritor ha hablado de su relación con el maltrato infantil, que no ha sufrido en carne propia, pero que conoce por haberlo visto en niños de su entorno y por haber trabajado como monitor en un centro de acogida infantil.
La pederastia no es un patrimonio exclusivo de la Iglesia católica, pero le 'subleva' que algunos pederastas 'se protejan detrás de sus sotanas', ha afirmado Lehane en la rueda de prensa que ha ofrecido en Gijón.
'Me molestan algunas cosas sobre este tema, como la posición de la Iglesia católica que ha llegado incluso a hacer obstrucción de la Justicia', ha indicado.
Sobre la influencia que tienen los escritores escandinavos en el género negro actual, ha dicho que no sabe 'lo que beben'.
'Pero por favor que no dejen de beberlo por el bien de la literatura', ha añadido

Mystic River (2010)




Nunca dejes que nadie se suba al coche de un extraño. Aunque diga que es policía. Jimmy, Sean y Dave lo aprendieron demasiado tarde. Eran tres amigos, tres niños, que una tarde jugaban al beisbol en Boston.

Un coche se detuvo. Y uno, podría haber sido cualquier de ellos, fue secuestrado. Regresará, pero Dave ya no será el mismo. Es un juguete roto. Veinticinco años después, la pesadilla se repite.

La hija de Jimmy de 19 años es violada y asesinada. Sean, que se ha convertido ahora él en policía del Departamento de Homicidios, deberá investigar el caso. Dave regresa esa noche a su casa lleno
de sangre.

El reencuentro no será cómo habían imaginado: un policía violento, un padre que quiere venganza, un sospechoso denunciado por su propia mujer. Y la memoria de otro día, veinticinco años atrás, un coche y un sótano lleno de fantasmas y horror. No, no puede haber sido él.

La novela que Dennis Lehane le regaló a Clint Eastwood, implacable y extraordinaria, un inquietante relato que trata de la amistad, la familia, la pérdida de la inocencia y la culpa. Con ella, Lehane se convirtió en un autor de culto para los lectores de novela negra de todo el mundo.



 


Shutter Island (2010)está cerca de Boston. Es una pequeña isla en la que tan sólo destaca el Hospital Ashecliffe, un centro penitenciario para enfermos mentales. El agente federal Teddy Daniels y su compañero, Chuck Aule, acaban de desembarcar.

Un peligroso asesino se ha escapado pese a las férreas medidas de seguridad. No podrá salir de la diminuta isla, así que Daniels tan sólo mira el reloj. Una rutina más. Dennis Lehane comienza así una novela imposible de olvidar, impredecible, que nos condenará a leer obsesivamente, con los lavados de cerebro de la guerra fría de fondo.

Pero, ante todo, Lehane nos condena a correr y no mirar atrás, como hace Teddy Daniels, una vez deduce que la única y simple razón de que haya sido destinado a Shutter Island es: que no vuelva a salir. Pero ¿por qué a él? Daniels ha tardado en darse cuenta de que en esta isla maldita nada es lo que parece, todo el mundo tiene miedo y los enfermos no son más que cobayas humanas. ¿Quién quiere experimentar con él? ¿Acaso quieren que se vuelva loco? ¿O es que ya lo está? Una isla, un hombre solo; la caza ha comenzado y la presa se llama Teddy Daniels. La novela que Martin Scorsese ha elegido como guión para su nueva película, con Leonardo DiCaprio como Teddy Daniels.



tema pau La novela policíaca.





 

La novela policíaca.
La novela policíaca es un género narrativo en donde la trama consiste generalmente en la resolución de un misterio de tipo criminal. El protagonista en la novela policíaca es normalmente un policía o un detective, habitualmente recurrente a lo largo de varias novelas del mismo autor, que, mediante la observación, el análisis y el razonamiento deductivo, consigue finalmente averiguar cómo, dónde, por qué se produjo el crimen y quién lo perpetró. 
Está generalmente aceptado que, aunque sus antecedentes se remontan más atrás en el tiempo, el género policíaco como tal nació en el siglo XIX de la mano de Edgar Allan Poe, al crear al detective Auguste Dupin en su relato Los crímenes de la Calle Morgue.
Dupin fue el primer detective de ficción, el cual sirvió de modelo a Arthur Conan Doyle para dar vida al “más famoso detective de todos los tiempos”: Sherlock Holmes, que constituye por excelencia el protagonista arquetípico de las novelas policíacas. Doyle, junto a Agatha Christie, fundó lo que se conocería como la escuela británica de novela policíaca.
Con el paso de los años, la novela policiaca fue evolucionando hacia formas narrativas más complejas, la resolución del misterio planteado como un juego de lógica dejó de ser el objetivo principal de la obra, quedando en primer plano la denuncia social y un intento de comprender los conflictos del alma humana. Fue así como nació un subgénero dentro de la novela policíaca: la novela negra. La novela negra nació en EE.UU y los padres del género fueron Raymond Chandler y Dashiel Hammett, en cuyas obras se basaron algunas de las películas más representativas del cine negro americano como El halcón maltés o El sueño eterno.
El apelativo de “negra” se debió por un lado a los ambientes oscuros que reflejaban, pero sobre todo a que aquellos relatos se publicaron por primera vez en la revista Black Mask, creada en 1920 por H. L. Mencken y George Jean Nathan y en la Série Noire de la editorial francesa Gallimard nacida en 1945. Aquellas novelas marcaron un antes y un después en la forma de narrar el crimen.
A diferencia de los relatos británicos donde intervenían las clases sociales altas, los crímenes eran generalmente “refinados” y donde el culpable casi siempre era descubierto y castigado por la ley, en la novela negra americana se reflejan sobre todo los ambientes sórdidos de los bajos fondos y el héroe es un personaje cínico y desencantado que habitualmente está sin trabajo, no tiene un dólar en el bolsillo y debe hacer frente él solo, no solo al criminal, sino también a un poder establecido generalmente corrupto.

Aunque el detective o el policía siguen siendo el tipo de protagonista principal, aparecen novelas de crímenes narrados desde otros puntos de vista: a mediados de los años 50 Patricia Highsmith publica El talento de Mr. Ripley, la primera de una magnífica serie de novelas que narran las peripecias de Tom Ripley, un estafador que suplanta a las personas a las que asesina.
Aunque la novela negra sufrió una época de crisis en los años 60, desde los 80 hasta nuestros días han seguido apareciendo grandes figuras que han mantenido vivo el género: Julian Symons, PD. James, Ruth Rendell y más recientemente Henning Mankell, Fred Vargas, Andrea Camilleri o Donna Leon entre otros. En España también merecen especial mención Manuel Vázquez Montalbán, Francisco García Pavón, Juan Madrid y Andreu Martín y más recientemente Lorenzo Silva o Alicia Giménez Bartlett.
En la actualidad, dos autores destacan espacialmente: JhonConnolly y Dennis Lehane.

Dennis Lehane (Boston 1965)  
Su Boston es una ciudad en guerra consigo misma. En Mystic River, la más exitosa de sus obras, un viejo barrio de clase obrera se revuelve camino del aburguesamiento. En la serie de los detectives Kenzie y Gennaro, la ciudad resulta tan agresiva e impredecible como los propios villanos. Y Cualquier otro día está ambientada en los días previos a la huelga policial de 1919, durante el clímax de la actividad bolchevique en Estados Unidos. Bajo el feroz ritmo narrativo se esconde una brillante exposición de la pobredumbre urbana y del modo en que la violencia estalla tanto entre las masas como en el seno de la vida familiar. Por cierto al renombrado autor lo tuvimos en la Semana Negra de Gijón de hace dos años (el encuentro más importante de España en cuanto a novela negra)

Jhon Connolly (Dublín. 1968)

A pesar de las críticas que le acusan de desnaturalizar el género, Connolly insiste en incluir elementos sobrenaturales en sus novelas, un ingrediente que, obviamente, rompe las rigurosas reglas del ‘negro', pero con el que contagia y convence de la presencia real de la maldad. En las historias de la serie de Charlie Parker (su detective) los muertos reclaman venganza y se la exigen al atormentado detective. En ellas, la expiación y el mal comparten el mundo, un universo en el que la maldad es poderosa y se extiende como una sombra oscura, espesa, que ensucia todo y se sumerge en la mente de los lectores.

Hoy puede decirse que el género está más vivo que nunca, debido sobre todo al boom de la novela policíaca nórdica y al éxito de la saga Millenium,de Stieg Larsson.

Visita aquí la revista de la Semana negra

lunes, 2 de marzo de 2015

Novela negra: Chadler y Higsmith


Raymond Chandler, autor legendario de la novela negraestadounidense, cuya influencia se extendió al campo cinematográfico gracias al detective privado Philip Marlowe, interpretado, entre otros, por Humphrey Bogart o Robert Mitchum.
Si la literatura ha dado inolvidables personajes de ese estilo, Philip Marlowe se encuentra en el olimpo de los más recordados, junto al Sam Spade de Dashiell Hammett, el Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan-Doyle y el Hércules Poirot de Agatha Christie.
Marlowe, uno de los primeros grandes antihéroes de EEUU, resulta irónico, cínico y bruto a la par que encantador, todo un arquetipo de la masculinidad. “Hizo que la corrupción y el vicio fueran extremadamente atractivos“, sostiene el periódico Los Angeles Times.
Chandler tenía 51 años cuando publicó su primera novela, “El sueño eterno” (The Big Sleep, en 1939). Después llegarían “Adiós, muñeca” (Farewell, My Lovely, 1940), “La ventana alta” (The High Window, 1942), “La dama del lago” (The Lady in the Lake, 1943), “La hermana pequeña”, (The Little Sister, 1949), “El largo adiós” (The Long Goodbye, 1954), “Playback” (1958) y la inconclusa “Poodle Springs” (1959), que fue rematada por su admirador Robert B. Parker.
Todas ellas con Marlowe como protagonista y como extensión sobre el papel de su propio autor.
La primera adaptación al cine de “El sueño eterno” fue el clásico del cine negro dirigido por Howard Hawks en 1946, con Bogart en la piel del detective y Lauren Bacall como la perfecta “femme fatale“.
“Eran aproximadamente las once de la mañana de un mediados de octubre sin sol y con una copiosa lluvia en la claridad al pie de las sierras. Llevaba yo mi traje azul pólvora, camisa azul oscura, corbata y un pañuelo desplegado, zapatos gruesos y negros, medias negras de lana, con cuadrados azul oscuro. Estaba yo pulcro, limpio, afeitado y sobrio y me importaba muy poco quien lo supiera. Era en todo el detective privado tal cual debe ser. Iba a pedir cuatro millones de dólares. “ (Fragmento de “El sueño eterno”)
Años después, en 1978, fue Robert Mitchum quien tomó el relevo de Bogart en una nueva versión realizada por Michael Winner. El actor estadounidense repetía por entonces ese personaje, ya que en 1975 protagonizó “Adiós muñeca“, de Dick Richards.
“Habían puesto a Rembrandt en el almanaque ese año, un autorretrato más bien grasoso debido a la impresión imperfecta de los colores. Lo mostraba sosteniendo una paleta engrasada con un pulgar sucio, y con una camisa que no parecía muy limpia tampoco. La otra mano tenía un pincel suspendido en el aire, como si estuviera pensando en hacer un trabajito, si alguien se lo pagaba por adelantado. El rostro se veía envejecido, flojo, lleno de disgusto por la vida y de los efectos engrosadores de la bebida. Pero tenía una dura alegría que me gustaba, y los ojos eran tan brillantes como gotas de rocío ” (Fragmento de “Adiós muñeca”)
A Marlowe también lo encarnaron otros actores como Dick PowellGeorge MontgomeryRobert MontgomeryJames GarnerElliot Gould y James Caan, el más reciente (“Poodle Springs“, 1998), quienes insuflaron al papel las necesarias dosis de humanidad y hasta cierta ternura.
Además Chandler redactó más de veinte relatos cortos detectivescos -los primeros fueron publicados en las revistas “pulp” Black Mask y Dime Detective- así como un par de ensayos de relumbrón, sobre todo “The Simple Art of Murder“, donde nació la expresión “mean streets” (“malas calles”), usada por Martin Scorsese en una de sus primeras películas.
El cine, no obstante, fue siempre objeto de deseo para Chandler, quien colaboró en los guiones de “Perdición” (Double Indemnity, 1944) de Billy Wilder, y “Extraños en un tren” (Strangers on a Train, 1951), de Alfred Hitchcock, basada en la novela de Patricia Highsmith.
El único libreto que redactó por sí mismo fue el de la cinta “La dalia azul” (The Blue Dahlia, 1946), con Alan Ladd y Veronica Lake, por la que fue candidato al Óscar.
Chandler, nacido en Chicago (Illinois) en 1888, se casó en 1924 con Cissy Hurlbut, una mujer 18 años mayor que él con la que había comenzado una relación cinco años antes, cuando ésta estaba casada, y con la que nunca tuvo hijos. Tras la muerte de Cissy en 1954, el novelista emprendió un descenso a los infiernos ahogado en alcohol, que le llevó a varios intentos de suicidio.
“Es un hombre relativamente pobre, pues de lo contrario no sería detective. Es un hombre común, pues de lo contrario no viviría entre gente común. Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo. No acepta con deshonestidad el dinero de nadie ni la insolencia de nadie sin la correspondiente y desapasionada venganza. Es un hombre solitario, y su orgullo consiste en que uno le trate como a un hombre orgulloso o tenga que lamentar haberle conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad. El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. Tiene una amplitud de conciencia que le asombra a uno, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo en que vive. Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él.  (Fragmento de “El simple arte de matar”)
Cuando murió en San Diego (California) el 26 de marzo de 1959, a los 70 años, dejó todo su patrimonio – 60.000 dólares y los futuros ingresos por derechos de autor- a su amiga y agente literaria, Helga Greene.
En las novelas de Chandler, además de sus personajes, el contexto cobra una gran importancia. Sus personajes se desenvuelven en un hábitat que el escritor conocía muy bien: Los Ángeles, una ciudad tan brillante en su exterior como vacía en su interior, según la novelista Judith Freeman, autora de “The Long Embrace: Raymond Chandler and the Woman He Loved“.
En ese libro Freeman sostiene que Chandler describió a la perfección “la soledad estadounidense“, retratada en esa ciudad californiana por “gente abandonada en el paraíso, entre la abundancia y la riqueza extrema”, como policías al margen de la ley, médicos drogadictos, matones ingenuos y millonarias con la intención de engrosar, de cualquier forma, su patrimonio.



Raymond Chadler

“Eran aproximadamente las once de la mañana de un mediados de octubre sin sol y con una copiosa lluvia en la claridad al pie de las sierras. Llevaba yo mi traje azul pólvora, camisa azul oscura, corbata y un pañuelo desplegado, zapatos gruesos y negros, medias negras de lana, con cuadrados azul oscuro. Estaba yo pulcro, limpio, afeitado y sobrio y me importaba muy poco quien lo supiera. Era en todo el detective privado tal cual debe ser. Iba a pedir cuatro millones de dólares. “


“Habían puesto a Rembrandt en el almanaque ese año, un autorretrato más bien grasoso debido a la impresión imperfecta de los colores. Lo mostraba sosteniendo una paleta engrasada con un pulgar sucio, y con una camisa que no parecía muy limpia tampoco. La otra mano tenía un pincel suspendido en el aire, como si estuviera pensando en hacer un trabajito, si alguien se lo pagaba por adelantado. El rostro se veía envejecido, flojo, lleno de disgusto por la vida y de los efectos engrosadores de la bebida. Pero tenía una dura alegría que me gustaba, y los ojos eran tan brillantes como gotas de rocío ” (Fragmento de “Adiós muñeca”)


común, pues de lo contrario no viviría entre gente común. Tiene un cierto conocimiento del carácter ajeno, o no conocería su trabajo. No acepta con deshonestidad el dinero de nadie ni la insolencia de nadie sin la correspondiente y desapasionada venganza. Es un hombre solitario, y su orgullo consiste en que uno le trate como a un hombre orgulloso o tenga que lamentar haberle conocido. Habla como habla el hombre de su época, es decir, con tosco ingenio, con un vivaz sentimiento de lo grotesco, con repugnancia por los fingimientos y con desprecio por la mezquindad. El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad oculta, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre adecuado para las aventuras. Tiene una amplitud de conciencia que le asombra a uno, pero que le pertenece por derecho propio, porque pertenece al mundo en que vive. Si hubiera bastantes hombres como él, creo que el mundo sería un lugar muy seguro en el que vivir, y sin embargo no demasiado aburrido como para que no valiera la pena habitar en él.  (Fragmento de “El simple arte de matar”)


Patricia Higsmith
Patricia Highsmith
Suspense (fragmento)

Si un escritor de suspense escribe sobre asesinos y víctimas, sobre gente sumida en el torbellino de esta terrible serie de hechos, debe conseguir algo más que la simple descripción de la brutalidad y la sangre derramada. Debería estar interesado en la justicia de este mundo, o en la ausencia de la misma, en lo bueno y en lo malo, en la cobardía y el coraje humanos, aunque no entendiéndolos simplemente como fuerzas que mueven una trama en una determinada dirección. En una palabra, su gente ficticia debe parecer real. "

Patricia Highsmith
Crímenes imaginarios (fragmento)

Al llegar el sábado, la policía ya había estado por segunda vez en casa de Sydney y también en casa de la señora Lilybanks, el mismo joven policía uniformado y un hombre de mayor edad vestido de paisano: el inspector Brockway de Ipswich. Era un hombre alto y severo, de unos cincuenta años, que hablaba en voz baja pero tosía ruidosamente cada dos por tres. Sydney ya había adivinado que Alicia también estaba interpretando su papel, con decisión además, en aquel drama ficticio en el que Sydney la había eliminado. Si podía evitarlo, Alicia no se pondría en contacto con él ni con ninguna otra persona. 
Y el sábado Sydney presintió que el inspector Brockway sospechaba de él. Curiosamente, Sydney se sentía un poco culpable y nervioso. Sin embargo, también se sentía muy seguro de sí mismo, ya que no había liquidado a Alicia. A pesar de ello, se le cayó sin querer una taza en la cocina mientras se estaba preparando un poco de café (el inspector y el agente no habían aceptado una taza) y los dos policías le observaban desde el comedor. Sydney tartamudeaba. Primero dijo que había dejado a su mujer en el tren en Campsey Ash, luego, cuando el agente joven le corrigió basándose en su primera declaración, Sydney dijo que la había dejarlo en Ipswich. 
—¿Vio a algún conocido en Ipswich aquel día? ¿Alguien en la estación? —preguntó el inspector. 
—Por desgracia, no —había contestado rápidamente Sydney, viendo cómo el inspector captaba las palabras «por desgracia». 
Era asombroso ver de qué modo tan natural surgía toda la culpabilidad imaginaria. 
El inspector pidió que le enseñara la habitación de Alicia en el piso de arriba, lo cual significaba el dormitorio y el estudio de Alicia, y Sydney comentó que su esposa se había llevado la caja de pinturas, que era del tamaño de una maleta pequeña, pero no el caballete. El inspector abrió el primer cajón, que era el de Alicia, de la cómoda que había en el dormitorio, tal vez en busca de algo que ninguna mujer se hubiese dejado en casa, algo como el lápiz de labios o la polvera, pero el cajón contenía aún cuatro lápices de labios y dos polveras viejas, además de varios pañuelos y bufandas, tijeras para la manicura, un costurero pequeño y varios cinturones. El inspector Brockway preguntó qué clase de maleta se había llevado Alicia, y Sydney le contestó que se había llevado dos, una de color azul marino con cantoneras de cuero marrón y otra mayor, de cuero también marrón, provista de una correa. Se había llevado unos cuantos vestidos de invierno y un abrigo con cuello de piel. ¿Qué llevaba al irse? Sydney no se acordaba. Pero se había llevado su impermeable color canela sobre el brazo. 
Luego, el inspector Brockway y el agente joven salieron por la puerta de atrás sin decir nada y Sydney los siguió, desconcertado, hasta que se le ocurrió que el inspector quería comprobar si en el patio posterior o en el jardín había señales de que alguien hubiera cavado un hoyo o algo parecido. Sydney sintió cierto interés ya que aquello le recordó a Christie, e hizo cuanto pudo por imaginarse que era realmente culpable de haber matado a su esposa y de haberla enterrado luego bajo un par de metros cuadrados de césped, que habría vuelto a colocar cuidadosamente en su lugar después de cortarlo en parcelitas de quince centímetros cuadrados; pero en realidad no fue capaz de imaginar gran cosa y, en cuanto a su comportamiento externo, supuso que un culpable habría hecho lo mismo que él: alzar los ojos hacia el cielo, contemplar los pájaros y dejar tranquilo a los policías. Huelga decir que un culpable habría permanecido atento a los posibles hallazgos de la policía y eso mismo hizo Sydney, echando de vez en cuando una mirada de reojo desde unos doce metros de distancia. El inspector también había echado un vistazo al garaje, observando que el suelo era de madera. A juicio de Sydney, la búsqueda no fue muy concienzuda. Un investigación como es debido habría significado gatear por todas partes, hurgando e incluso cavando en algunos puntos y levantando el suelo del garaje. Pero, a pesar de ello, el inspector seguía buscando un cadáver enterrado y el registro más atento podía llegar más tarde. Las dos o tres lluvias del último mes habrían borrado toda señal de tierra recién movida desde la desaparición de Alicia, y sin duda el inspector también pensaba en ello. 
El adiós del inspector, cortés pero rígido, no incluyó ninguna palabra destinada a darle ánimos ni ninguna promesa de llamarle en cuanto averiguaran algo. 
"
Patricia Highsmith
Una afición peligrosa (fragmento)

Al oír unos pasos rápidos en el pavimento, en un momento de calma del rugido del viento, la señora Palmer se incorporó un poco en la cama. Llegaba la señora Blynn. Un ansioso ceño transformó la fina piel de la frente de la señora Palmer, pero ella sonrió cortesmente, con una cortesía anticipada. Cogió el espejo de mango largo que había en la mesita de noche. Su cara grisácea había dejado de impresionarla o avergonzarla. La edad era la edad, la muerte era la muerte y aunque no era guapa, seguía sintiendo el impulso de hacer lo que pudiera por parecer más agradable al mundo. "